Había una vez un árbol muy especial llamado Trini.
No era el árbol más alto, ni el más rápido creciendo, ni el que más llamaba la atención desde lejos. Pero era un árbol real. Un árbol que cada día elegía seguir creciendo, incluso cuando el entorno no era fácil.
A veces parecía fuerte. Otras veces, no tanto. Había días en los que el viento lo sacudía con fuerza, días en los que la lluvia no dejaba ver con claridad, y días en los que algunas hojas —muchas hojas— temblaban, se cerraban, se escondían. Y entonces el árbol, cansado, se preguntaba en silencio: “¿Estoy sirviendo de algo?”
Porque Trini no era un árbol cualquiera. Sus hojas venían de muchos lugares distintos. Algunas llegaban con miedo; otras, con rabia; y otras simplemente sin entender muy bien por qué estaban allí.
No hablaban el mismo idioma, ni compartían las mismas historias, las mismas costumbres o la misma manera de entender el mundo y relacionarse con los demás. Tampoco cargaban con las mismas heridas ni habían recorrido los mismos caminos.
Había hojas que aprendían rápido y otras que necesitaban más tiempo. Algunas requerían apoyos diferentes, ritmos distintos o formas alternativas de aprender. Había hojas que necesitaban más acompañamiento, más paciencia y más presencia. Y también estaban aquellas que, por encima de todo, solo necesitaban una cosa: que alguien no dejara de creer en ellas.
Pero en el centro de todo eso… estaba el tronco. Nosotros. Los profesores. A veces jóvenes. A veces llenos de ideas, de ilusión, de ganas de cambiarlo todo. Entramos con energía, con proyectos, con la cabeza llena de formas nuevas de hacer las cosas. Con la esperanza de que sí, de que esta vez sí podremos hacerlo mejor. Pero luego empieza la realidad. Y la realidad no sale en los libros de la universidad.
La realidad es un aula donde no siempre llegas. Donde no todo sale a la primera. Donde explicas y no siempre te escuchan. Donde repites, y vuelves a repetir, y vuelves a empezar… y aún así no sabes si estás llegando a algún sitio.
La realidad es irte a casa con la cabeza agotada… y el corazón más aún. Es pensar “hoy no he podido con todo”. Es sonreír por fuera mientras por dentro dudas de ti mismo. Es ver que otros árboles crecen más rápido… y preguntarte en silencio si el tuyo está fallando.
Y eso duele. Duele más de lo que se dice. Pero aun así… seguimos. Porque algo dentro de este árbol no se rinde. Y entonces, poco a poco, casi sin darnos cuenta, empiezas a ver lo invisible. Las raíces.Esas que no se ven, pero que lo sostienen todo.
Las ves en un alumno que por fin se anima a participar sin mirar al techo como si fuera su último día en la Tierra. En una mirada que deja de decir “sácame de aquí” y empieza a decir “vale… igual esto no es tan imposible”. En una palabra en euskera o inglés que antes era jeroglífico nivel NASA y ahora suena medio decente. En un “lo intento” que ha sobrevivido a la versión anterior de “yo paso profe, no puedo o un no quiero”.En un “bro, ahora lo pillo” dicho con la satisfacción de haber hackeado el sistema educativo. En un “espera, espera, que lo vuelvo a hacer” que básicamente es lo sustituye al abandono. En una tarea entregada por primera vez, aunque venga con más tachones que un borrador de los dioses. En un alumno que ayuda a otro sin que nadie se lo haya pedido.
Son pequeños momentos. Tan pequeños que podrían parecer insignificantes… si no supiéramos lo que cuestan. Pero aquí lo sabemos. Y por eso, cada pequeño avance es enorme.
Entonces entiendes algo muy importante: este árbol no crece deprisa, pero crece de verdad. Y eso lo cambia todo.
Porque educar no es solo enseñar contenidos. Es acompañar procesos. Es sostener emociones. Es estar incluso cuando el camino es lento, incluso cuando no ves resultados inmediatos, incluso cuando dudas de ti mismo.
Y aunque nadie lo diga lo suficiente… este trabajo es extraordinario. No porque sea fácil. Sino porque es profundamente humano.
Porque en este árbol no solo crecen los alumnos. También crecemos nosotros. Aprendemos a tener paciencia cuando no la tenemos. Aprendemos a seguir cuando estamos cansados. Aprendemos a ver valor donde antes solo veíamos esfuerzo.
Y, sobre todo, aprendemos a no rendirnos. Este árbol, Trini, no es perfecto. Pero es real. Y está lleno de vida.
Y cada día que entramos en él, aunque no lo parezca, estamos ayudando a algo mucho más grande que una clase o una asignatura: estamos ayudando a que alguien descubra que puede. Por eso, aunque haya días difíciles, aunque haya cansancio, aunque haya dudas…seguimos. Porque este árbol no solo crece hacia fuera. Crece hacia dentro. Y cada pequeño avance, cada gesto, cada intento… es una prueba de que todo esto merece la pena.
Y quizá ese sea el verdadero milagro de este lugar: que incluso cuando parece que nada cambia… todo está cambiando.
Con aulas cada vez más llenas, con menos tiempo y más exigencias de las que caben en un día, seguimos entrando por la puerta porque educar no es una opción: es un compromiso con cada vida que tenemos delante, incluso cuando el sistema no siempre nos lo pone fácil.

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