Había una vez un árbol muy especial llamado Trini. No era el árbol más alto, ni el más rápido creciendo, ni el que más llamaba la atención desde lejos. Pero era un árbol real. Un árbol que cada día elegía seguir creciendo, incluso cuando el entorno no era fácil. A veces parecía fuerte. Otras veces, no tanto. Había días en los que el viento lo sacudía con fuerza, días en los que la lluvia no dejaba ver con claridad, y días en los que algunas hojas —muchas hojas— temblaban, se cerraban, se escondían. Y entonces el árbol, cansado, se preguntaba en silencio: “¿Estoy sirviendo de algo?” Porque Trini no era un árbol cualquiera. Sus hojas venían de muchos lugares distintos. Algunas llegaban con miedo; otras, con rabia; y otras simplemente sin entender muy bien por qué estaban allí. No hablaban el mismo idioma, ni compartían las mismas historias, las mismas costumbres o la misma manera de entender el mundo y relacionarse con los demás. Tampoco cargaban con las mismas heridas ni habían rec...